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La fábula mitológica constituye un género dentro de la poesía que surge en el Renacimiento, conoce su auge en ese período y en el siglo XVII y vive su decadencia y expiración en el XVIII, aunque se arrastre con alguna creación aislada y no siempre fiel al modelo hasta nuestros días.
Cuando hablamos de fábulas mitológicas nos referimos a poemas extensos en los que el poeta recrea con más o menos fidelidad un episodio de la mitología grecolatina expandiéndolo y ampliándolo. No se trata de ser original con el tema elegido, conocido por lectores y, sobre todo, por colegas bien instruidos en humanidades y, por tanto, en tradición clásica. De hecho hay determinados temas cuya reutilización es contínua durante todo el período de vigencia del género. La valía literaria se demuestra más bien con el uso del lenguaje poético, según las modas estilísticas de cada momento en que se componga, y con la sensibilidad poética que el autor sepa transferir al tema narrado.

Si tenemos en cuenta los temas que son utilizados en el género fabulístico, podemos concluir que la fuente clásica principal es Ovidio, pues de su Metamorfosis deriva la multitud de fábulas que protagonizan personajes como Adonis, Dafne, Orfeo, Píramo, Céfalo, Perseo, Acteón, Eco, Alfeo, Endimión, Zeus... y sus respectivas parejas. Sin embargo, aun siendo la principal, no sería justo reducir a esta obra capital del poeta latino la única fuente en que bebieron los poetas posteriores que optaron por componer fábulas, por tanto hay que mencionar también las Heroidas del mismo autor para las fábulas de Ariadna, o para las de Hero y Leandro, además del texto de Museo en el último caso; La Eneida de Virgilio para los amores de Dido y Eneas, Apuleyo para los de Eros y Psique, y los mismos Poemas Homéricos para unas pocas fábulas que protagonizan personajes del ciclo épico. Con todo, no quiere ello decir que los poetas acudieran siempre a la fuente original para el conocimiento de los episodios mitológicos que iban a recrear, en muchas ocasiones se sirvieron de traducciones de colegas tanto españoles como de Francia o Italia.


Desde el siglo XVI hasta bien entrado el XVIII el género avanzará adaptándose a las hormas de las corrientes estilísticas de cada momento, y simultáneamente se producirán fábulas compuestas bajo la influencia de las nuevas modas de origen italiano (nuevos metros como el endecasílabo, nueva sensibilidad y actitud estética ante los temas paganos...), y fábulas cuyos autores pretenden mantener la tradición castellana (tanto en la forma, con los metros breves propios de los romances y huyendo de la complejidad retórica, como en la actitud poética, manteniendo con mayor o menor intensidad un tono realista, popular, castizo y a veces moralizador en el tratamiento de los temas). No olvidemos que ya la elección del tema mitológico constituye en sí mismo una muestra de la ineludible y omnipresente influencia que el nuevo estilo italiano ejerció en las letras españolas desde principios del s XVI.

Un factor fundamental para la comprensión de la evolución del género fue la trascendencia de la publicación en 1613 de la fábula del Polifemo de Góngora, dando origen a una doble estela, de continuadores e imitadores más o menos acertados por un lado, y de detractores, por otro lado, y críticos del nuevo estilo culterano o gongorino, que sometió el lenguaje poético a las más audaces experimentaciones retóricas. De la controversia surgieron, de igual modo, excelentes e insufribles fábulas de los seguidores gongorinos, como magníficas, o no tanto, creaciones de poetas que se inclinan por una mayor contención y moderación lingüísticas.

Por último, hay que tener en cuenta también por su importancia en cantidad y calidad el conjunto formado por las fábulas burlescas, que bien podrían constituir un subgénero por las características específicas que presentan: abandono del tratamiento grave de los temas y realismo y humanización de los héroes en las situaciones inverosímiles de sus historias, de donde surge la ironía sin caer en la caricatura. Se producen fábulas burlescas tanto en la corriente culterana como en la conceptista, bien en versos italianos o bien romances en metros breves.